lunes, 27 de febrero de 2012

" Haga lo que no le apetezca "

Si quiere realmente sentirse bien con usted mismo y, sea de paso con su entorno, haga todo aquello que curiosamente no le apetece. Estamos programados para enfrentarnos a retos y dificultades que nos roban frecuentemente el ánimo y las fuerzas. Sin embargo superados aquellos obstáculos que se presentan de improviso y finiquitada alguna que otra rémora, la vida vuelve a estar de nuestra parte. La sensación de bienestar que se apodera de nuestra persona, una vez realizado todo aquello que entorpecía nuestros pasos, es equiparable a una dosis gratuita de energía y autoestima. Es indispensable sentirse bien consigo mismo si uno quiere sentirse bien con el resto, como lo es sentirse útil a la par que motivado. No es difícil descubrir quién de nuestro alrededor se quiere y quien va repartiendo pedazos de su incapacidad, rabia o impotencia. Lo difícil es hallar aquélla persona que nos motive, reconozca nuestras aptitudes y nos recuerde los pequeños logros que hemos ido almacenando en la trastienda de nuestras acciones. La motivación empieza por uno mismo, se halla oculta en el deseo de superación y en la capacidad que todos tenemos de emprender nuevos objetivos y ese anhelo de coronar nuevas cimas. Puede que algunas inicialmente impensables en el parámetro de nuestras intenciones. Lo imposible puede convertirse en posible con más facilidad de lo que uno puede creer. El éxito nos acoge cuando uno lleva inscrito en sus formas el convencimiento de que, no todo puede conseguirse la primera vez, pero sí en las siguientes. La experiencia que vayamos adquiriendo nos otorgará esa fuerza de voluntad, que a menudo suelta nuestra mano, y la fuerza necesaria para emprender, previa aniquilación de la atonía, todo aquello que nos propongamos, o que nos asalte de improviso. Sí, aquello que no estaba en nuestros planes es, en ocasiones, lo mejor que nos puede suceder…

jueves, 23 de febrero de 2012

" Hasta el infinito y más allá "

Es inevitable y ley de vida que nuestros pequeños abandonen algún día el nido familiar. El tiempo transcurre de una forma vertiginosa y sin que nos demos cuenta, y sin que podamos detener ese instante, nuestros hijos ya han crecido. Aquellas noches en vela, biberones, pañales y algún que otro berrinche, quedan difuminados y olvidados en el tiempo. Lo que en su momento queríamos que transcurriera velozmente es añorado en la distancia, cuando los mismos ya no dependen de nosotros. Crecen y nosotros nos hacemos mayores con ellos y a su vez aprendemos a ser padres en cada nueva etapa que vivimos a su lado. De pronto comprendemos a los nuestros y sus problemas pasan a convertirse en los nuestros. La historia se repite, las mismas preocupaciones, situaciones similares, inseguridades y falta de comprensión por ambos lados. Las amistades se convierten en sus referentes y los padres en aquellos seres en quienes, transitoriamente, dejan de confiar sus inquietudes, sueños y vivencias, muy a pesar de muchos progenitores. Si alguien es especialista en tocar nuestra fibra sensible es la factoría Disney, la tercera saga de Toy Story dispara en el centro de la diana de nuestros sentimientos. Un escenario de personajes multicolores ficticios narra la vida misma en un cuento tan fascinante como real. Sonrisas y lágrimas se dan la mano al ver reflejada en la pantalla lo que un día cualquiera, señalado en nuestro destino, nos tocará vivir y sufrir con nuestros hijos. La dolorosa partida del que fue su hogar, morada de abrazos, cariño, tardes de juegos, noches de fábulas y de una niñez que cada día que pasa se aleja un poquito más de nuestro amparo y protección. Todo llegará, sí, algún día, quizás más próximo de lo que desearíamos, pero lo que sí es cierto es que ellos, aunque crezcan, siempre serán nuestros pequeños y lo que nunca sabrán, o tal vez sí lo sepan con el tiempo, es que hagan lo que hagan, elijan el camino que elijan, les querremos “hasta el infinito y más allá”.

jueves, 16 de febrero de 2012

"El bosc de ses fades"

Un viento huracanado barrió los tiznados adoquines, el cielo estaba revestido de un manto de obsidiana sumiendo la ciudad entre tinieblas. Abotoné mi abrigo con premura y me enfundé una gorra de lana que distorsionó, por ensalmo, mi identidad. Los truenos irrumpieron tras una tormenta eléctrica que resquebrajaba la oscuridad reinante. Rostros anónimos se refugiaban ávidos bajo los alféizares de portales y comercios que hallaban a su paso. Los mimos y vendedores callejeros recogieron sus pertenencias y abandonaron sus puestos furibundos. Las gotas de lluvia desdibujaron el rostro del hombre estatua arlequín convirtiéndolo en una caricatura infernal. Su dedo índice me señalaba el final de Las Ramblas. Un rayo iluminó un ventanal del Liceo donde se perfilaba una silueta sin rostro que, en un aspaviento fantasmal, me indicaba que continuase andando. Intrigada opté por descender por la emblemática calle barcelonesa que se mostraba desierta de vida. En el interior del café de la Ópera avisté extraños personajes degustando melindres en una atmósfera de tabaco y ecos de sociedad que se me antojó anacrónica. Descendía por las Ramblas persiguiendo furtivamente al arlequín quien desapareció en el “Pasaje de la Banca”. Me adentré en su busca, ni rastro del mismo y mi corazón en un puño. Junto al Museo de Cera en un estrecho callejón, un farolillo oscilante, guardián de un portón, invitaba a descubrir un bosque mágico poblado de hadas y personajes rescatados de una fábula. La tenue iluminación de sus velas le otorgan ese aire de misterio que activa de inmediato la imaginación y cautiva a todo aquel que se precie a rebasar la frontera de “El Bosc de les Fades”. Nunca averigüé si lo sucedido se trató, o no, de un sueño, pero sí se convirtió, desde entonces, en un lugar de ensueño y de visita obligada. Punto de partida para volver a empezar y dejarse llevar, lugar de inspiración para alimentar todos aquéllos sueños que hacen que la vida tenga sentido.

En las pequeñas cosas...

Lo cierto es que pocos negarán que hay motivos más que suficientes para coger una depresión cada vez que conectamos los informativos del telediario, por ello es mejor apagar el televisor o directamente no encenderlo. Crisis a todas horas, actualmente huelgas en Francia, protestas en la calle por esto o por aquello otro, todo vale, violencia doméstica, mortales accidentes de tráfico y descorazonadas catástrofes naturales. Más de uno se preguntará qué le queda positivo para enfrentarse a ese nuevo día. Sucede en todos los frentes y muchos son los que creen estar condenados a vivir una vida que no es la que les corresponde para ser verdaderamente felices. Abrigados por un desasosiego permanente y contagioso, se regocijan en un lamento recurrente y enfermizo. Pero el ser humano es sabio y posee, o debería poseer, un avituallamiento de supervivencia propio que le proporcione esa fascinante válvula de escape que le exima de sufrir más de lo necesario en cada una de las desazones con las que se tope. En las pequeñas cosas hallamos el placebo que nos otorga la capacidad de soñar y crear mundos paralelos al real que nos permita seguir creyendo que la vida merece la pena ser vivida plenamente, con sus obstáculos y con todas aquellas superaciones que van desterrando la negatividad que en ocasiones nos captura. Sí los soñadores lo tienen, lo tenemos, más fácil, sencillamente porque siempre hallamos la oportunidad en aquellos momentos desafortunados y ello nos honra y nos convierte, sin saberlo, en modelos a imitar, al menos para todos aquellos que nunca se dejan vencer por la adversidad y que, aun y acechados por la misma, continúan levantándose e impulsando a los demás para que también encuentren y recuperen la ilusión en todas y cada una de las cosas que van construyendo ese nuevo día. Recuerden que nuestra capacidad de recuperación es ilimitada y siempre, aunque no lo crean, todos tenemos la asombrosa capacidad para crear recursos que nos permitan seguir adelante, aunque sólo sea para construir aquellos sueños que nos hagan creer que probablemente algún día se hagan realidad.

viernes, 10 de febrero de 2012

Donde se hacen realidad...

Recién llegada del país donde los sueños se hacen realidad, únicamente puedo reafirmar que sin los mismos no seríamos nada en esta vida, acaso unos autómatas inertes sin alma propia. Los sueños suelen prestarnos una dimensión de todo aquello que seríamos, o haríamos, en un vasto panorama lleno de caminos y nuevas personalidades que aguardan, en un ángulo de la imaginación, a ser rescatados. Cierto es que no siempre se cumplen todos ya que algunos deben ofrecernos resistencia para que les demostremos que, para todo lo que se desea con el alma, no hay obstáculo alguno que impida que lo consigamos. No se olviden jamás que, si en un momento dado se siente abatidos por la desazón que provocan ciertas negaciones, no deben amilanarse sino dejarse llevar armados de la bendita y poderosa paciencia y sorprenderse de lo que puede llegar a nacer de aquello que no se cumplió. Somos una fábrica inagotable de sueños, de uno sale otro, de ese otro nace una ilusión, de una ilusión surge un proyecto donde invertir todo nuestro empeño para que desaparezca de la ficción y emerja a la realidad. Confíen en su suerte y, aunque suene retórico, piensen siempre en positivo, sólo entonces se darán cuenta del enorme potencial que todos ustedes tienen en su interior perentorio de ser despertado y cincelado, a su antojo, para que adquiera la forma deseada. Aliméntense de aquellas personas con las que se cruzan porque en ellas hallarán la respuesta que necesitan para arrancar una y otra vez en el transcurso de, a priori, una vida gris y monótona. Efectivamente existe un lugar donde los sueños se hacen realidad, búsquenlo en su persona y empiecen, ya no a escribir, sino a vivir todo aquello que estén soñando.

"El árbol no deja ver el bosque"

No permitas que el árbol no te deje ver el bosque, lapidó el escritor realista francés del siglo XIX Stendhal. Sin embargo el árbol forma parte intrínseca del bosque, y todos pueden impedirnos, según la distancia que mantengamos con el mismo, nublarnos la visión del resto del conjunto. Un contingente de efectos oxidan nuestra mente imposibilitando que veamos con claridad lo que a simple vista nos resulta imposible. El árbol se crea en nuestra imaginación a base de temores, inseguridades y una retahíla de excusas que exhalamos e impiden aflorar nuestro propio yo. Llegan días de tormenta y mientras nuestro árbol danza azorado por los embates del viento, el resto del bosque se muestra informe difuminado bajo un haz de vapor y una paleta de grises. Tras las tormentas el sol ilumina el bosque otorgándole infinidad de matices que nos invitan a descubrir, a través de los resquicios de sus ramas, toda la belleza que existe a nuestro alrededor. Las inseguridades se desvanecen en cada gota de agua que va resbalando de sus hojas porque uno comprende que el árbol más fuerte y valioso no es sino uno mismo. A medida que tomamos conciencia de ello las raíces se agarran con más firmeza en la tierra para evitar ser derribadas por los temporales que puedan acecharnos. Nuevas ramas nacerán de nuestro tronco aportándonos fuerza, valores y el respeto por todo aquello que nos rodea y no supimos apreciar, incluso por el árbol que nos retó a superarlo para que lográsemos admirar el fascinante bosque que ansiaba nuestra admiración y anhelaba mostrarnos su belleza. Sí, el árbol que nos impide ver el bosque se asemeja al sabio, el tiempo, que pone barreras en nuestro camino para que las traspasemos. Tras las mismas encontraran el regalo más valioso que pueda existir, ustedes mismos. Sólo entonces estarán preparados para sembrar nuevas semillas que llegarán a convertirse en espectaculares y fascinantes árboles y muchos de sus sueños podrían empezar a ser una realidad.

jueves, 9 de febrero de 2012

"Confesiones anónimas"

Todos necesitamos de vez en vez exteriorizar todo aquello que permanece anclado en nuestro interior. Sin embargo, no siempre resulta fácil airear, con quienes nos rodean, aspectos o situaciones que, acaso merodean en nuestro silencio a la espera de cobrar vida algún día. Las malas experiencias con equivocados confidentes dan lugar a la renuencia de compartir vivencias o deseos por culpa de los que traicionaron nuestros secretos. Por ello, curiosamente, nos resulta más fácil confesarnos con aquellos seres que no conocemos y que, en un momento determinado, se cruzan en nuestra vida. Quizás en la peluquería, sentados en el autobús, en el avión o en una sala de espera cualquiera. Nuestros sentimientos brotan, sin reservas, con aquellos con quienes creemos no volveremos a vernos. Seres que permanecían en el anonimato de nuestra existencia pasan a convertirse, por ensalmo, en los guardianes de una parte de nuestra intimidad. Cómplices de nuestras ilusiones, algunos pueden, incluso, llegar a convertirse en grandes amigos, en los mismos con los que podremos seguir mostrándonos tal y como somos en realidad. Vivimos tres vidas, la que dejamos ver a los demás, la que soñamos y la que revelamos en nuestras confesiones anónimas. Con el paso del tiempo uno toma conciencia de que, pase lo que pase, y muy a pesar de las traiciones e injusticias que se hayan recibido por parte de la mezquindad ajena, nunca se debe dejar de ser uno mismo. Cuando uno menos lo espera surgen en nuestra vida aquellos auténticos seres que nos ayudan a reflexionar y a dar forma a la verdad que flamea en nuestro interior. Ellos nos enseñan que la experiencia es necesaria, en todo, para añadir crédito emocional a la comprensión intelectual. Sean quienes son y hallarán a seres hechos a su medida. Sólo así podrán optar a conseguir, con suerte, un pedazo de su alma.

"De las decisiones"

A menudo nuestra suerte, que es la única que puede ser creada por uno mismo, depende de las decisiones que tomemos en la vida. Una decisión errónea podría llegar a cambiar en su totalidad nuestra rutina, condenándonos a arrastrar una pesada losa vitaliciamente. Dicen que de los errores se aprende, sin embargo, transcurrido un tiempo, no es difícil sucumbir nuevamente en los mismos. Generalmente es la indecisión de los demás la que suele obligarnos reiteradamente a modificar la nuestra. Afortunadamente, el rumbo puede cambiarse una y otra vez y en cada uno de ellos se experimenta un renacimiento inédito en nuestra persona. Los embates recibidos refuerzan nuestro chasis emocional y, paradójicamente, lo hacen más auténtico y sublime preparado como estará, tras vivir una serie de capítulos, para que demos lo mejor de nosotros mismos. Siempre habrá quien se conformará con la superficialidad del conjunto, gracias a ellos se valora y se llega a desear a aquellos otros que aprendieron a ver el alma de las personas. Todo en la vida requiere una maceración especial que convierte, en algunos, lo ordinario en extraordinario, lo mediocre en digno y con suerte lo bueno en excepcional. Decidan lo que consideren podría llegar a hacerles felices sin escuchar a nadie más que no sea a ustedes mismos y sin olvidar las posibles negativas consecuencias que las mismas podrían reportarles. Detrás de cada deseo se esconde una ardua decisión que sólo el devenir de muchos días, un guiño al sentido común y otras tantas noches le revelarán la correcta, la que aguarda confeccionada a su medida. Puestos a pedir un poquito más a la vida el súmmum a la hora de tomar decisiones sería que éstas pudieran ir, a menudo, de la mano del corazón en lugar de las circunstancias que nos rodean.

¿Aptitud o Actitud?

Poco tienen que ver la una con la otra aunque ciertamente con la combinación de ambas se lograría el summum en la realización de una persona. Las estadísticas indican que muy pocos son los que pueden presumir de aunar estos dos conceptos en sí. No siempre el que estudia derecho tiene vocación ni actitud para ejercer, ni siempre el directivo de una empresa tiene el talante adecuado para dirigir a sus subordinados, a pesar de tener una infatigable colección de masters que supuestamente le acrediten como una eminencia del estudio. Dicen que no se puede tener todo en esta vida aunque siempre se puede poner en práctica una opción de cambio. La actitud es un don innato que muy pocos seres poseen y otros tantos jamás llegan a profesar en su experiencia vital. Muchos creen que es infinitamente más importante tener aptitudes y títulos que tener ese excepcional carácter que sepa conducir a los de su alrededor hasta donde uno desee. La manera de decir las cosas, cómo nos miran, si nos miran, a los ojos, el gesto que acompaña a sus movimientos, son algunos de los indicadores que logran dar algo de credibilidad a aquel a quien nos dirigimos. Es esa fascinante filosofía de vida la que comprende un carácter positivo y constructivo, la que nos salva de la aplastante mediocridad con la que nos toca vivir. Sí, es la auténtica actitud con la que se puede conseguir, si no todo, prácticamente todo. Huelga mentar que una buena actitud suele ir de la mano de la siempre excelente educación, de la cual no todo el mundo puede hacer gala. No olviden que el entusiasmo realza nuestra belleza y la actitud nos coloca en armonía con uno mismo. Estamos en manos de la actitud, de la misma que logra que lo que parece feo se convierta en atractivo, lo que es insulso tenga su gracia y que lo aburrido se convierta en interesante. Cambien de actitud y arranquen, quizás se sorprendan de los resultados tan sumamente gratificantes que ello les proporcionará. ¿O lo dudan?

"Bendita autoestima"

Ardua supervivencia tiene aquel que carece de autoestima en el mundo de competitividad en el que vivimos donde si uno no se quiere lo suficiente es barrido de un plumazo de la faz de la existencia. Navegamos en un mundo donde es necesario poner el acento a las cosas si no queremos ser engullidos por nuestra beligerante sociedad. Las personas que se quieren mucho suelen salir a flote con gran facilidad de cualquier problema o afrenta con la que puedan toparse en su cotidianeidad. Su grado de estima es su verdadero manual de supervivencia, el mismo que le redime de muchos sufrimientos y complejos porque su poderosa arma emerge y le exime reiteradamente de miríada de incómodas situaciones. Adquirimos la autoestima en el seno familiar, de nuestros padres dependerá que nos enseñen la conjugación de actitud y superación en todos los frentes. Sin embargo quererse tanto tiene un arma de doble filo, ellos suelen ser tan perfeccionistas que nunca hallan a la pareja que les satisfaga completamente, ya que, sin saberlo, compiten con ellos mismos por buscar en los demás una personalidad igual que la suya. Querer, quieren pero siempre terminarán por ser infieles al resto consigo mismos. Sí estos excepcionales seres suelen hacer caso omiso de las críticas y desoyen consejos porque suya es la ley de la vida. Por lo general aquellos que gozan de una relevante autoestima suelen ser personas dotadas de gran personalidad lo que, por ensalmo, les convierte en personas que allí donde vayan suelen destacar por una aura luminosa que sólo ellos poseen a modo de envoltorio. Hacen gala, salvo excepciones y dejando de lado a los extremadamente narcisistas, de buen carácter y suelen repartir ánimos con aquellos con quienes se relacionan. Sus alforjas van harto sobradas de positivismo y saben que allí donde van siempre serán subrepticiamente y, muchas veces en silencio, los reyes de donde estén.

miércoles, 1 de febrero de 2012